Apuntes de Lengua y Literatura

Blog de aula de Mª Elena Alcázar Murcia

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  • agosto 2017
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Textos leídos y comentados en el aula (3ºESO)

Textos literarios que reproducen el habla del pueblo andaluz

– Dos canciones  seleccionadas de  El pueblo andaluz. Sus tipos, sus costumbres, sus cantares, AA.VV :

“La mala jembra”, de Jose Mª Gutiérrez de Alba y  “La ausensia”, de José Matín y Santiago.

El pueblo andaluz ← (pinchar aquí)

– Un cuento de un escritor sevillano, Francisco Rodríguez Marín, titulado “Juaquinillo”, e incluido  en Cuentos y leyendas andaluces (edición de Cristóbal Cuevas y Enrique Baena).

Juaquinillo ← (pinchar aquí)

Juan Ruiz,  Arcipreste de Hita: El libro del buen amor libro_de_buen_amor_f1

Doña Cuaresma desafía a don Carnal, ya que éste recibe una carta  en la que aquella le invita a entablar una batalla, y don Carnal acepta el reto.

Acercándose viene un tiempo de Dios, santo;

fuime para mi tierra a descansar un cuanto,

de entonces a ocho días era Cuaresma, tanto

que puso por él mundo gran miedo y gran espanto.

1068 Estando yo en la mesa con don Jueves Lardero,

entregóme dos cartas un rápido trotero;

diré lo que decían, mas no lo haré ligero hizo

pues las cartas, leídas, devolví al mensajero

1069 De mí, Santa Cuaresma, sierva del Criador

y por Dios enviada a todo pecador,

a todos arciprestes y curas sin amor

salud en Jesucristo, hasta Pascua Mayor.

1070 Sabed que me dijeron que, hace cerca de un año,

se muestra don Carnal muy sañudo y huraño,

devastando mis tierras, haciendo muy gran daño,

vertiendo mucha sangre; con disgusto me extraño.

1071 Y por esta razón, en virtud de obediencia,

os mando firmemente, so pena de sentencia,

que por mí, por mi Ayuno y por mi Penitencia,

vos le desafiéis con mi carta de creencia.

1072 Decidle sin rodeos que de hoy en siete días,

la mi persona misma, con las mis compañías,

iremos a luchar con él y sus porfías;

temo no se detenga en sus carnicerías.[…]


Don Carnal constituye su ejército de carne: gallinas, perniles, conejos, capones, ánades, costillas de carneros, patas de cerdo, patos, cecinas, tocino, vacas, etc; come y bebe hasta hartarse y, a media noche, llega Doña Cuaresma con su tropa de la mar y se organiza la divertida batalla entre los dos ejércitos.

Este relato alegórico de la lucha entre don Carnal y doña Cuaresma no es más que una parodia de la épica, donde los ejércitos de don Carnal y doña Cuaresma se enfrentan y matan en una batalla campal.

Finalmente, don Carnal es el vencedor, a pesar de que su ejército fue vendido y él encarcelado; pero logra escapar y doña Cuaresma desparece. Por tanto, don Carnal llega en primavera y es acogido, con todos los honores, por todo el mundo. Con la victoria de don Carnal, llega el triunfo de don Amor, el cual tiene asimismo un gran recibimiento, sobre todo por diferentes representantes de la orden clerical (clérigos, frailes y monjas).

Narrativa medieval

– Colecciones de cuentos medievales: Calila e Dimna y Sendebar.

Calila e Dimna, es una colección de fábulas procedentes de la India, que fue traducida al castellano por orden de Alfonso X,   cuando todavía era infante. El título de esta colección se debe al primero de sus cuentos ( el nombre de dos chacales; estos animales narran, a su vez, un gran número de cuentos), el más extenso, cuya situación marco queda constituida por el diálogo entre un rey y su filósofo; este último responde a todas las preguntas que le formula el rey a través de  cuentos o exempla protagonizados por animales, de los cuales se extrae una moraleja. Esta situación marco es la misma que encontramos en El Conde Lucanor, pero con una diferencia: muchos de su cuentos están incluidos dentros de otros, lo que se ha denominado estructura de caja china.

Un marco muy distinto aparece en el Sendebar, colección de cuentos, también de origen hindú, que el infante don Fadrique, hermano de Alfonso X, ordenó traducir al castellano hacia el año 1253, aproximadamente.

A diferencia de la anterior, en la  situación  marco del Sendebar se desarrolla una acción concreta, es decir, una trama: un rey se casa por segunda vez  y,  la nueva esposa se enamora de su hijastro (el hijo del rey). Este, sin embargo, la rechaza, provocando así la ira de su madrastra, la cual decide acusarlo de haber tratado de seducirla.  A causa de una profecía, el príncipe no puede hablar, y serán los privados del rey (los sabios o consejeros del reino) quienes lo defiendan. Tanto la madrastra como los  privados intentarán convencer al rey a través de cuentos.  Si bien aquella con sus relatos pretendía enfrentar al rey con su hijo,  los privados utilizarán cuentos misóginos, en los que se demuestran las malas artes de las mujeres, con el fin de que el rey dude de su esposa.

Esta colección tiene un total de 26 cuentos, unidos entre sí por esta fición narrativa, la cual es muy parecida a la que se encuentra en una de las más célebres colecciones de cuentos orientales, Las mil y una noches, que ha tenido una clara proyección no sólo en la literatura posterior,  sino también en el cine.

– Fragmento de prólogo de El conde Lucanor.

Don Juan Manuel desarrolla en este fragmento  el viejo tópico de  enseñar deleitando, partiendo del símil de la medicina azucarada. Expresa asimismo su inquietud por los posibles errores que existan y su deseo de que el libro sea útil a todo el que lo lea.

Una vez finalizado el prólogo, comienza la obra con esa tradicional situación marco (o estructura marco), mediante la cual se introducen los diferentes cuentos o ejemplos. El narrador nos sitúa ante el  diálogo entre el conde lucanor y su ayo (criado) Patronio: el conde le plantea a Patronio una serie de problemas y éste le responde con un cuento o ejemplo que concluye, finalmente, con una moraleja.

[…] Por eso yo, don Juan, hijo del infante don Manuel, adelantado mayor del Reino de Murcia, escribí este libro con las más bellas palabras que encontré, entre las cuales puse algunos cuentecillos con que enseñar a quienes los oyeren. Hice así, al modo de los médicos que, cuando quieren preparar una medicina para el hígado, como al hígado agrada lo dulce, ponen en la medicina un poco de azúcar o miel, u otra cosa que resulte dulce, pues por  el gusto que siente el hígado a lo dulce, lo atrae para sí, y con ello a la medicina que tanto le beneficiará. Lo mismo hacen con cualquier miembro u órgano que necesite una medicina, que siempre la mezclan con alguna cosa que resulte agradable a aquel órgano, para que se aproveche bien de ella. Siguiendo este ejemplo, haré este libro, que resultará útil para quienes lo lean, si por su voluntad encuentran agradables las enseñanzas que en él se contienen; pero incluso los que no lo entiendan bien, no podrán evitar que sus historias y agradable estilo los lleven a leer las enseñanzas que tiene entremezclados, por lo que, aunque no lo deseen, sacarán provecho de ellas, al igual que el hígado y los demás órganos se benefician y mejoran con las medicinas en las que se ponen agradables sustancias. Dios, que es perfecto y fuente de toda perfección, quiera, por su bondad y misericordia, que todos los que lean este libro saquen el provecho debido de su lectura, para mayor gloria de Dios, salvación de su alma y provecho para su cuerpo, como Él sabe muy bien que yo, don Juan, pretendo. Quienes encuentren en el libro alguna incorrección, que no la imputen a mi voluntad, sino a mi falta de entendimiento; sin embargo, cuando encuentren algún ejemplo provechoso y bien escrito, deberán agradecerlo a Dios, pues Él es por quien todo lo perfecto y hermoso se dice y se hace.

Terminado ya el prólogo, comenzaré la materia del libro, imaginando las conversaciones entre un gran señor, el Conde Lucanor y su consejero, llamado Patronio.


– Dos cuentos o ejemplos (enxiemplos) de El Conde Lucanor, de don Juan Manuel.


Cuento VII

Lo que sucedió a una mujer que se llamaba doña Truhana

Otra vez estaba hablando el Conde Lucanor con Patronio de esta manera:

-Patronio, un hombre me ha propuesto una cosa y también me ha dicho la forma de conseguirla. Os aseguro que tiene tantas ventajas que, si con la ayuda de Dios pudiera salir bien, me sería de gran utilidad y provecho, pues los beneficios se ligan unos con otros, de tal forma que al final serán muy grandes.

Y entonces le contó a Patronio cuanto él sabía. Al oírlo Patronio, contestó al conde:

-Señor Conde Lucanor, siempre oí decir que el prudente se atiene a las realidades y desdeña las fantasías, pues muchas veces a quienes viven de ellas les suele ocurrir lo que a doña Truhana.

El conde le preguntó lo que le había pasado a esta.

-Señor conde -dijo Patronio-, había una mujer que se llamaba doña Truhana, que era más pobre que rica, la cual, yendo un día al mercado, llevaba una olla de miel en la cabeza. Mientras iba por el camino, empezó a pensar que vendería la miel y que, con lo que le diesen, compraría una partida de huevos, de los cuales nacerían gallinas, y que luego, con el dinero que le diesen por las gallinas, compraría ovejas, y así fue comprando y vendiendo, siempre con ganancias, hasta que se vio más rica que ninguna de sus vecinas.

»Luego pensó que, siendo tan rica, podría casar bien a sus hijos e hijas, y que iría acompañada por la calle de yernos y nueras y, pensó también que todos comentarían su buena suerte pues había llegado a tener tantos bienes aunque había nacido muy pobre.

»Así, pensando en esto, comenzó a reír con mucha alegría por su buena suerte y, riendo, riendo, se dio una palmada en la frente, la olla cayó al suelo y se rompió en mil pedazos. Doña Truhana, cuando vio la olla rota y la miel esparcida por el suelo, empezó a llorar y a lamentarse muy amargamente porque había perdido todas las riquezas que esperaba obtener de la olla si no se hubiera roto. Así, porque puso toda su confianza en fantasías, no pudo hacer nada de lo que esperaba y deseaba tanto.

»Vos, señor conde, si queréis que lo que os dicen y lo que pensáis sean realidad algún día, procurad siempre que se trate de cosas razonables y no fantasías o imaginaciones dudosas y vanas. Y cuando quisiereis iniciar algún negocio, no arriesguéis algo muy vuestro, cuya pérdida os pueda ocasionar dolor, por conseguir un provecho basado tan sólo en la imaginación.

Al conde le agradó mucho esto que le contó Patronio, actuó de acuerdo con la historia y, así, le fue muy bien.

Y como a don Juan le gustó este cuento, lo hizo escribir en este libro y compuso estos versos:

En realidades ciertas os podéis  confiar,

mas de las fantasías os debéis alejar.


Cuento XXXII

Lo que sucedió a un rey con los burladores que hicieron el paño

Otra vez le dijo el Conde Lucanor a su consejero Patronio:

-Patronio, un hombre me ha propuesto un asunto muy importante, que será muy provechoso para mí; pero me pide que no lo sepa ninguna persona, por mucha confianza que yo tenga en ella, y tanto me encarece el secreto que afirma que puedo perder mi hacienda y mi vida, si se lo descubro a alguien. Como yo sé que por vuestro claro entendimiento ninguno os propondría algo que fuera engaño o burla, os ruego que me digáis vuestra opinión sobre este asunto.

-Señor Conde Lucanor -dijo Patronio-, para que sepáis lo que más os conviene hacer en este negocio, me gustaría contaros lo que sucedió a un rey moro con tres pícaros granujas que llegaron a palacio.

Y el conde le preguntó lo que había pasado.

-Señor conde -dijo Patronio-, tres pícaros fueron a palacio y dijeron al rey que eran excelentes tejedores, y le contaron cómo su mayor habilidad era hacer un paño que sólo podían ver aquellos que eran hijos de quienes todos creían su padre, pero que dicha tela nunca podría ser vista por quienes no fueran hijos de quien pasaba por padre suyo.

»Esto le pareció muy bien al rey, pues por aquel medio sabría quiénes eran hijos verdaderos de sus padres y quiénes no, para, de esta manera, quedarse él con sus bienes, porque los moros no heredan a sus padres si no son verdaderamente sus hijos. Con esta intención, les mandó dar una sala grande para que hiciesen aquella tela.

»Los pícaros pidieron al rey que les mandase encerrar en aquel salón hasta que terminaran su labor y, de esta manera, se vería que no había engaño en cuanto proponían. Esto también agradó mucho al rey, que les dio oro, y plata, y seda, y cuanto fue necesario para tejer la tela. Y después quedaron encerrados en aquel salón.

»Ellos montaron sus telares y simulaban estar muchas horas tejiendo. Pasados varios días, fue uno de ellos a decir al rey que ya habían empezado la tela y que era muy hermosa; también le explicó con qué figuras y labores la estaban haciendo, y le pidió que fuese a verla él solo, sin compañía de ningún consejero. Al rey le agradó mucho todo esto.

»El rey, para hacer la prueba antes en otra persona, envió a un criado suyo, sin pedirle que le dijera la verdad. Cuando el servidor vio a los tejedores y les oyó comentar entre ellos las virtudes de la tela, no se atrevió a decir que no la veía. Y así, cuando volvió a palacio, dijo al rey que la había visto. El rey mandó después a otro servidor, que afamó también haber visto la tela.

»Cuando todos los enviados del rey le aseguraron haber visto el paño, el rey fue a verlo. Entró en la sala y vio a los falsos tejedores hacer como si trabajasen, mientras le decían: «Mirad esta labor. ¿Os place esta historia? Mirad el dibujo y apreciad la variedad de los colores». Y aunque los tres se mostraban de acuerdo en lo que decían, la verdad es que no habían tejido tela alguna. Cuando el rey los vio tejer y decir cómo era la tela, que otros ya habían visto, se tuvo por muerto, pues pensó que él no la veía porque no era hijo del rey, su padre, y por eso no podía ver el paño, y temió que, si lo decía, perdería el reino. Obligado por ese temor, alabó mucho la tela y aprendió muy bien todos los detalles que los tejedores le habían mostrado. Cuando volvió a palacio, comentó a sus cortesanos las excelencias y primores de aquella tela y les explicó los dibujos e historias que había en ella, pero les ocultó todas sus sospechas.

»A los pocos días, y para que viera la tela, el rey envió a su gobernador, al que le había contado las excelencias y maravillas que tenía el paño. Llegó el gobernador y vio a los pícaros tejer y explicar las figuras y labores que tenía la tela, pero, como él no las veía, y recordaba que el rey las había visto, juzgó no ser hijo de quien creía su padre y pensó que, si alguien lo supiese, perdería honra y cargos. Con este temor, alabó mucho la tela, tanto o más que el propio rey.

»Cuando el gobernador le dijo al rey que había visto la tela y le alabó todos sus detalles y excelencias, el monarca se sintió muy desdichado, pues ya no le cabía duda de que no era hijo del rey a quien había sucedido en el trono. Por este motivo, comenzó a alabar la calidad y belleza de la tela y la destreza de aquellos que la habían tejido.

»Al día siguiente envió el rey a su valido, y le ocurrió lo mismo. ¿Qué más os diré? De esta manera, y por temor a la deshonra, fueron engañados el rey y todos sus vasallos, pues ninguno osaba decir que no veía la tela.

»Así siguió este asunto hasta que llegaron las fiestas mayores y pidieron al rey que vistiese aquellos paños para la ocasión. Los tres pícaros trajeron la tela envuelta en una sábana de lino, hicieron como si la desenvolviesen y, después, preguntaron al rey qué clase de vestidura deseaba. El rey les indicó el traje que quería. Ellos le tomaron medidas y, después, hicieron como si cortasen la tela y la estuvieran cosiendo.

»Cuando llegó el día de la fiesta, los tejedores le trajeron al rey la tela cortada y cosida, haciéndole creer que lo vestían y le alisaban los pliegues. Al terminar, el rey pensó que ya estaba vestido, sin atreverse a decir que él no veía la tela.

»Y vestido de esta forma, es decir, totalmente desnudo, montó a caballo para recorrer la ciudad; por suerte, era verano y el rey no padeció el frío.

»Todas las gentes lo vieron desnudo y, como sabían que el que no viera la tela era por no ser hijo de su padre, creyendo cada uno que, aunque él no la veía, los demás sí, por miedo a perder la honra, permanecieron callados y ninguno se atrevió a descubrir aquel secreto. Pero un negro, palafrenero del rey, que no tenía honra que perder, se acercó al rey y le dijo: «Señor, a mí me da lo mismo que me tengáis por hijo de mi padre o de otro cualquiera, y por eso os digo que o yo soy ciego, o vais desnudo».

»El rey comenzó a insultarlo, diciendo que, como él no era hijo de su padre, no podía ver la tela.

»Al decir esto el negro, otro que lo oyó dijo lo mismo, y así lo fueron diciendo hasta que el rey y todos los demás perdieron el miedo a reconocer que era la verdad; y así comprendieron el engaño que los pícaros les habían hecho. Y cuando fueron a buscarlos, no los encontraron, pues se habían ido con lo que habían estafado al rey gracias a este engaño.

»Así, vos, señor Conde Lucanor, como aquel hombre os pide que ninguna persona de vuestra confianza sepa lo que os propone, estad seguro de que piensa engañaros, pues debéis comprender que no tiene motivos para buscar vuestro provecho, ya que apenas os conoce, mientras que, quienes han vivido con vos, siempre procurarán serviros y favoreceros.

El conde pensó que era un buen consejo, lo siguió y le fue muy bien.

Viendo don Juan que este cuento era bueno, lo mandó escribir en este libro y compuso estos versos que dicen así:

A quien te aconseja encubrir de tus amigos

más le gusta engañarte que los higos.


TEXTOS DE LA LITERATURA POSTERIOR QUE RECREAN LOS MISMOS TEMAS (Influencia de la obra de don Juan Manuel)

Los temas tratados en los cuentos VII y XXXII de El  conde Lucanor también aparecen en textos literarios de autores posteriores como, por ejemplo, en la fábula de Félix María Samaniego, La lechera, y El traje nuevo del emperador, de Hans Christian Andersen, respectivamente.

Asimismo, un autor argentino del siglo XX, Anderson Imbert, escribió un cuento cuyo título es  muy significativo:

” Un ejemplo de don Juan Manuel”, de la colección de cuentos El leve Pedro, y se refiere concretamente al ejemplo titulado “De lo que contesció a un Deán de Santiago con Don Illán, el gran maestro de Toledo”. Se trata, pues, de una narración homenaje a don Juan Manuel.

– Dos cuentos de Jorge Bucay:

“Por una jarra de vino” (Déjame que te cuente), es una recreación de un cuento de El conde Lucanor.

“El cuento dentro del cuento” (Cuentos para pensar), cuyo título revela la estructura del relato.

Por una jarra de vino


[…]—Algunos de estos “largos años de estudio y preparación”, como dices tú, los dediqué a leer cuentos que otros escribieron o a escuchar relatos que la tradición recogió de la sabiduría popular… y uno de estos cuentos es este, que me parece podría servir para algo ahora:

Había una vez… otro rey. Este era el monarca de un pequeño país: el principado de Uvilandia. Su reino estaba lleno de viñedos y todos sus súbditos se dedicaban a la fabricación de vino. Con la exportación a otros países, las 15.000 familias que habitaban Uvilandia ganaban suficiente dinero como para vivir bastante bien, pagar los impuestos y darse algunos lujos.

Hacía ya varios años que el rey estudiaba las finanzas del reino. El monarca era justo y comprensivo, y no le gustaba la sensación de meterle la mano en los bolsillos a los habitantes de Uvilandia. Ponía gran énfasis, entonces, en estudiar alguna posibilidad de rebajar los impuestos.

Hasta que un día tuvo la gran idea. El rey decidió abolir los impuestos. Como única contribución para solventar los gastos del estado, el rey pediría a cada uno de sus súbditos que una vez por año, en la época en que se envasaran los vinos, se acercaran a los jardines del palacio con una jarra de un litro del mejor de su cosecha. Lo vaciarían en un gran tonel que se construiría para entonces, para ese fin y en esa fecha.

De la venta de esos 15.000 litros de vino se obtendría el dinero necesario para el presupuesto de la corona, los gastos de salud y de educación del pueblo.

La noticia fue desparramada por el reino en bandos y pegada en carteles en las principales calles de las ciudades. La alegría de la gente fue indescriptible. En todas las casas se alabó al rey y se cantaron canciones en su honor.

En cada taberna se levantaron las copas y se brindó por la salud y la prolongada vida del buen rey.

Y llegó el día de la contribución. Toda esa semana en los barrios y en los mercados, en las plazas y en las iglesias, los habitantes se recordaban y recomendaban unos a otros no faltar a la cita. La conciencia cívica era la justa retribución al gesto del soberano.

Desde temprano, empezaron a llegar de todo el reino las familias enteras de los viñateros con su jarra, en la mano del jefe de familia. Uno por uno subía la larga escalera hasta el tope del enorme tonel real, vaciaba su jarra y bajaba por otra escalera al pie de la cual, el tesorero del reino colocaba en la solapa de cada campesino, un escudo con el sello del rey.

A media tarde, cuando el último de los campesinos vació su jarra, se supo que nadie había faltado. El enorme barril de 15.000 litros estaba lleno. Del primero al último de los súbditos habían pasado a tiempo por los jardines y vaciado sus jarras en el tonel.

El rey estaba orgulloso y satisfecho; y al caer el sol, cuando el pueblo se reunió en la plaza frente al palacio, el monarca salió a su balcón aclamado por su gente. Todos estaban felices. En una hermosa copa de cristal, herencia de sus ancestros, el rey mandó a buscar una muestra del vino recogido. Con la copa en camino, el soberano les habló y les dijo:

—Maravilloso pueblo de Uvilandia: tal como lo imaginé, todos los habitantes del reino han estado hoy en el palacio.

Quiero compartir con ustedes la alegría de la corona, por confirmar que la lealtad del pueblo con su rey, es igual que la lealtad del rey con su pueblo. Y no se me ocurre mejor homenaje que brindar por ustedes con la primera copa de este vino, que será sin dudas un néctar de dioses, la suma de las mejores uvas del mundo, elaboradas por las mejores manos del mundo y regadas con el mayor bien del reino, el amor del pueblo.

Todos lloraban y vivaban al rey.

Uno de los sirvientes acercó la copa al rey y éste la levantó para brindar por el pueblo que aplaudía eufórico… pero la sorpresa detuvo su mano en el aire, el rey notó al levantar el vaso que el líquido era transparente e incoloro; lentamente lo acercó a su nariz, entrenada para oler los mejores vinos, y confirmó que no tenía olor ninguno. Catador como era, llevó la copa a su boca casi automáticamente y bebió un sorbo.

¡El vino no tenía gusto a vino, ni a ninguna otra cosa…!

El rey mandó a buscar una segunda copa del vino del tonel, y luego otra y por último a tomar una muestra desde el borde superior. Pero no hubo caso, todo era igual: inodoro, incoloro e insípido.

Fueron llamados con urgencia los alquimistas del reino para analizar la composición del vino. La conclusión fue unánime: el tonel estaba lleno de AGUA, purísima agua y cien por cien agua.

Enseguida el monarca mandó reunir a todos los sabios y magos del reino, para que buscaran con urgencia una explicación para este misterio. ¿Qué conjuro, reacción química o hechizo había sucedido para que esa mezcla de vinos se transformara en agua…?

El más anciano de sus ministros de gobierno se acercó y le dijo al oído:

—¿Milagro? ¿Conjuro? ¿Alquimia? Nada de eso, muchacho, nada de eso. Vuestros súbditos son humanos, majestad, eso es todo.

—No entiendo –dijo el rey.

—Tomemos por caso a Juan. Juan tiene un enorme viñedo que abarca desde el monte hasta el río. Las uvas que cosecha son de las mejores cepas del reino y su vino es el primero en venderse y al mejor precio..Esta mañana, cuando se preparaba con su familia para bajar al pueblo, una idea le pasó por la cabeza… ¿Y si yo pusiera agua en lugar de vino, quién podría notar la diferencia…?

Una sola jarra de agua en 15.000 litros de vino… nadie notaría la diferencia… ¡Nadie!

…Y nadie lo hubiera notado, salvo por un detalle, muchacho, salvo por un detalle:

¡TODOS PENSARON LO MISMO!

Jorge bucay, Déjame que te cuente


El cuento dentro del cuento

Hacía meses que vivía asustado por terribles pensamientos de aniquilación que lo atormentaban… sobre todo por la noche. Se acostaba temiendo no ver el amanecer del día siguiente y no conseguía dormirse hasta que el sol despuntaba, a veces, apenas una hora antes de tener que levantarse para ir a su trabajo. Cuando supo que el Iluminado pasaría la noche en las afueras del pueblo, se dio cuenta de que tenía en sus manos una oportunidad única, ya que no era frecuente que los viajeros pasaran, ni siquiera de cerca, por ese poblado entre las montañas de Caldea.

La fama precedía al misterioso visitante, y aunque nadie lo había visto, se decía que el maestro tenía las respuestas a todas las preguntas. Por eso, esa madrugada, sin que ninguno de su casa lo notara, lo fue a ver a la tienda que, según le habían informado, había montado junto al río.

Cuando llegó, el sol acababa de separarse del horizonte. Encontró al Iluminado meditando…
Esperó respetuosamente unos minutos hasta que el maestro notó su presencia…
En ese momento, y como si lo estuviera esperando, se volvió hacia él y, con una plácida expresión, lo miró a los ojos en silencio.

– Maestro, ayúdame -dijo el hombre – Pensamientos horribles asaltan mis noches y no tengo paz ni ánimo para descansar y disfrutar de las cosas que vivo. Dicen que tú lo resuelves todo. Ayúdame a escapar de esta angustia…

El maestro sonrió y le contestó:
– Te contaré un cuento.
– Un hombre rico mandó a su criado al mercado en busca de alimentos. Pero al poco de llegar allí, se cruzó con la muerte, que lo miró fijamente a los ojos.
El criado palideció del susto y salió corriendo dejando tras de sí las compras y la mula. Jadeando, llegó a casa de su amo.

– ¡Amo, amo! Por favor, necesito un caballo y algo de dinero para salir ahora mismo de la ciudad… Si salgo ahora mismo quizás llegue a Tamur antes del anochecer… ¡Por favor, amo, por favor!

El señor le preguntó sobre el motivo de tan urgente petición y el criado le contó a trompicones su encuentro con la muerte.

El dueño de la casa pensó un instante y, acercándole una bolsa de monedas, le dijo:

– Está  bien, sea. Vete. Llévate el caballo negro, que es el más veloz que tengo.
– Gracias amo – dijo el sirviente. Y tras besarle las manos, corrió al establo, montó el caballo y partió velozmente hacia la ciudad de Tamur.
Cuando el sirviente se hubo perdido de vista, el acaudalado señor caminó hacia el mercado buscando a la muerte.
-¿Por qué has asustado a mi sirviente? Le preguntó en cuanto la vio.
– ¡Asustarlo yo? -preguntó la muerte.
-Sí dijo el hombre rico – . Él me ha dicho que hoy se ha cruzado contigo y lo has mirado amenazadoramente.
– Yo no lo he mirado amenazadoramente – dijo la muerte – lo he mirado sorprendida. No esperaba verlo aquí esta tarde, ¡porque se supone que debo recogerlo en Tamur esta noche!.

-¡Entiendes? -pregunto el Iluminado.
– Claro que entiendo, maestro. Intentar escapar de los malos pensamientos es salir a buscarlos. Huir de la muerte es ir a su encuentro.
– Así es.
– Tengo tanto que agradecerte, maestro…- dijo el hombre -. Siento que desde esta misma noche dormiré tan tranquilo recordando este cuento, que me levantaré sereno cada mañana…
– Desde esta noche… -interrumpió el anciano -no habrá más mañanas.
– No entiendo – dijo el hombre
– Entonces, no has entendido el cuento.
El hombre sorprendido, miró al Iluminado…. y vio la expresión de su cara … ya no era la misma…

Jorge Bucay, Cuentos para pensar

La lechera

Llevaba en la cabeza
una lechera el cántaro al mercado
con aquella presteza,
aquel aire sencillo, aquel agrado
que va diciendo a todo el que lo advierte:
¡”Yo sí que estoy contenta con mi suerte!”

Porque no apetecía
más compañía que su pensamiento,
que alegre, le ofrecía
inocentes ideas de contento;
marchaba sola la feliz lechera
y decía entre sí de esta manera:

“Esta leche vendida,
en limpio me dará tanto dinero,
y con esta partida
un canasto de huevos comprar quiero,
para sacar cien pollos que al estío
me rodeen cantando el pío, pío.

Del importe logrado
de tanto pollo, mercaré un cochino;
con bellota, salvado,
berza, castaña, engordará sin tino;
tanto, que puede ser que yo consiga
ver cómo se le arrastra la barriga.

Llevárelo al mercado;
sacaré de él sin duda buen dinero;
compraré de contado
una robusta vaca y un ternero,
que salte y corra toda la campaña,
hasta el monte cercano a la cabaña.”

Con este pensamiento
enajenada, brinca de manera
que, a un salto violento,
el cántaro cayó. ¡Pobre lechera!
¡Qué compasión! Adiós leche, dinero,
huevos, pollos, lechón, vaca y ternero.

¡Oh, loca fantasía,
qué palacios fabricas en el viento!
Modera tu alegría;
no sea que saltando de contento,
al contemplar dichosa tu mudanza,
quiebre su cantarillo la esperanza.

No seas ambiciosa
de mejor o más próspera fortuna;
que vivirás ansiosa,
sin que pueda saciarte cosa alguna.
No anheles impaciente el bien futuro:
mira que ni el presente está seguro.

Félix María Samaniego



EL TRAJE NUEVO DEL EMPERADOR

Hace muchos años había un Emperador tan aficionado a los trajes nuevos, que gastaba todas sus rentas en vestir con la máxima elegancia.

No se interesaba por sus soldados ni por el teatro, ni le gustaba salir de paseo por el campo, a menos que fuera para lucir sus trajes nuevos. Tenía un vestido distinto para cada hora del día, y de la misma manera que se dice de un rey: “Está en el Consejo”, de nuestro hombre se decía: “El Emperador está en el vestuario”.

La ciudad en que vivía el Emperador era muy alegre y bulliciosa. Todos los días llegaban a ella muchísimos extranjeros, y una vez se presentaron dos truhanes que se hacían pasar por tejedores, asegurando que sabían tejer las más maravillosas telas. No solamente los colores y los dibujos eran hermosísimos, sino que las prendas con ellas confeccionadas poseían la milagrosa virtud de ser invisibles a toda persona que no fuera apta para su cargo o que fuera irremediablemente estúpida.

-¡Deben ser vestidos magníficos! -pensó el Emperador-. Si los tuviese, podría averiguar qué funcionarios del reino son ineptos para el cargo que ocupan. Podría distinguir entre los inteligentes y los tontos. Nada, que se pongan enseguida a tejer la tela-. Y mandó abonar a los dos pícaros un buen adelanto en metálico, para que pusieran manos a la obra cuanto antes.

Ellos montaron un telar y simularon que trabajaban; pero no tenían nada en la máquina. A pesar de ello, se hicieron suministrar las sedas más finas y el oro de mejor calidad, que se embolsaron bonitamente, mientras seguían haciendo como que trabajaban en los telares vacíos hasta muy entrada la noche.

«Me gustaría saber si avanzan con la tela»-, pensó el Emperador. Pero había una cuestión que lo tenía un tanto cohibido, a saber, que un hombre que fuera estúpido o inepto para su cargo no podría ver lo que estaban tejiendo. No es que temiera por sí mismo; sobre este punto estaba tranquilo; pero, por si acaso, prefería enviar primero a otro, para cerciorarse de cómo andaban las cosas. Todos los habitantes de la ciudad estaban informados de la particular virtud de aquella tela, y todos estaban impacientes por ver hasta qué punto su vecino era estúpido o incapaz.

«Enviaré a mi viejo ministro a que visite a los tejedores -pensó el Emperador-. Es un hombre honrado y el más indicado para juzgar de las cualidades de la tela, pues tiene talento, y no hay quien desempeñe el cargo como él».

El viejo y digno ministro se presentó, pues, en la sala ocupada por los dos embaucadores, los cuales seguían trabajando en los telares vacíos. «¡Dios nos ampare! -pensó el ministro para sus adentros, abriendo unos ojos como naranjas-. ¡Pero si no veo nada!». Sin embargo, no soltó palabra.

Los dos fulleros le rogaron que se acercase y le preguntaron si no encontraba magníficos el color y el dibujo. Le señalaban el telar vacío, y el pobre hombre seguía con los ojos desencajados, pero sin ver nada, puesto que nada había. «¡Dios santo! -pensó-.¿Seré tonto acaso? Jamás lo hubiera creído, y nadie tiene que saberlo. ¿Es posible que sea inútil para el cargo? No, desde luego no puedo decir que no he visto la tela».

-¿Qué? ¿No dice Vuecencia nada del tejido? -preguntó uno de los tejedores.

-¡Oh, precioso, maravilloso! -respondió el viejo ministro mirando a través de los lentes-. ¡Qué dibujo y qué colores! Desde luego, diré al Emperador que me ha gustado extraordinariamente.

-Nos da una buena alegría -respondieron los dos tejedores, dándole los nombres de los colores y describiéndole el raro dibujo. El viejo tuvo buen cuidado de quedarse las explicaciones en la memoria para poder repetirlas al Emperador; y así lo hizo.

Los estafadores pidieron entonces más dinero, seda y oro, ya que lo necesitaban para seguir tejiendo. Todo fue a parar a sus bolsillos, pues ni una hebra se empleó en el telar, y ellos continuaron, como antes, trabajando en las máquinas vacías.

Poco después el Emperador envió a otro funcionario de su confianza a inspeccionar el estado de la tela e informarse de si quedaría pronto lista. Al segundo le ocurrió lo que al primero; miró y miró, pero como en el telar no había nada, nada pudo ver.

-¿Verdad que es una tela bonita? -preguntaron los dos tramposos, señalando y explicando el precioso dibujo que no existía.

«Yo no soy tonto -pensó el hombre-, y el empleo que tengo no lo suelto. Sería muy fastidioso. Es preciso que nadie se dé cuenta». Y se deshizo en alabanzas de la tela que no veía, y ponderó su entusiasmo por aquellos hermosos colores y aquel soberbio dibujo.

-¡Es digno de admiración! -dijo al Emperador.

Todos los moradores de la capital hablaban de la magnífica tela, tanto, que el Emperador quiso verla con sus propios ojos antes de que la sacasen del telar. Seguido de una multitud de personajes escogidos, entre los cuales figuraban los dos probos funcionarios de marras, se encaminó a la casa donde paraban los pícaros, los cuales continuaban tejiendo con todas sus fuerzas, aunque sin hebras ni hilados.

-¿Verdad que es admirable? -preguntaron los dos honrados dignatarios-. Fíjese Vuestra Majestad en estos colores y estos dibujos -y señalaban el telar vacío, creyendo que los demás veían la tela.

« ¡Cómo! -pensó el Emperador-. ¡Yo no veo nada! ¡Esto es terrible! ¿Seré tan tonto? ¿Acaso no sirvo para emperador? Sería espantoso».

-¡Oh, sí, es muy bonita! -dijo-. Me gusta, la apruebo-. Y con un gesto de agrado miraba   el telar vacío; no quería confesar que no veía nada.

Todos los componentes de su séquito miraban y remiraban, pero ninguno sacaba nada en limpio; no obstante, todo era exclamar, como el Emperador: -¡oh, qué bonito!-, y le aconsejaron que estrenase los vestidos confeccionados con aquella tela en la procesión que debía celebrarse próximamente. -¡Es preciosa, elegantísima, estupenda!- corría de boca en boca, y todo el mundo parecía extasiado con ella.

El Emperador concedió una condecoración a cada uno de los dos bribones para que se las prendieran en el ojal, y los nombró tejedores imperiales.

Durante toda la noche que precedió al día de la fiesta, los dos embaucadores estuvieron levantados, con dieciséis lámparas encendidas, para que la gente viese que trabajaban activamente en la confección de los nuevos vestidos del Soberano. Simularon quitar la tela del telar, cortarla con grandes tijeras y coserla con agujas sin hebra; finalmente, dijeron: -¡Por fin, el vestido está listo!

Llegó el Emperador en compañía de sus caballeros principales, y los dos truhanes, levantando los brazos como si sostuviesen algo, dijeron:

-Esto son los pantalones. Ahí está la casaca. -Aquí tienen el manto… Las prendas son ligeras como si fuesen de telaraña; uno creería no llevar nada sobre el cuerpo, mas precisamente esto es lo bueno de la tela.

-¡Sí! -asintieron todos los cortesanos, a pesar de que no veían nada, pues nada había.

-¿Quiere dignarse Vuestra Majestad quitarse el traje que lleva -dijeron los dos bribones- para que podamos vestirle el nuevo delante del espejo?

Quitose el Emperador sus prendas, y los dos simularon ponerle las diversas piezas del vestido nuevo, que pretendían haber terminado poco antes. Y cogiendo al Emperador por la cintura, hicieron como si le atasen algo, la cola seguramente; y el Monarca todo era dar vueltas ante el espejo.

-¡Dios, y qué bien le sienta, le va estupendamente! -exclamaban todos-. ¡Vaya dibujo y vaya colores! ¡Es un traje precioso!

-El palio bajo el cual irá Vuestra Majestad durante la procesión, aguarda ya en la calle – anunció el maestro de Ceremonias.

-Muy bien, estoy a punto -dijo el Emperador-. ¿Verdad que me sienta bien? – y volviose una vez más de cara al espejo, para que todos creyeran que veía el vestido.

Los ayudas de cámara encargados de sostener la cola bajaron las manos al suelo como para levantarla, y avanzaron con ademán de sostener algo en el aire; por nada del mundo hubieran confesado que no veían nada. Y de este modo echó a andar el Emperador bajo el magnífico palio, mientras el gentío, desde la calle y las ventanas, decía:

-¡Qué preciosos son los vestidos nuevos del Emperador! ¡Qué magnífica cola! ¡Qué hermoso es todo!

Nadie permitía que los demás se diesen cuenta de que nada veía, para no ser tenido por incapaz en su cargo o por estúpido. Ningún traje del Monarca había tenido tanto éxito como aquél.

-¡Pero si no lleva nada! -exclamó de pronto un niño.

-¡Dios bendito, escuchen la voz de la inocencia! -dijo su padre; y todo el mundo se fue repitiendo al oído lo que acababa de decir el pequeño.

-¡No lleva nada; es un chiquillo el que dice que no lleva nada!

-¡Pero si no lleva nada! -gritó, al fin, el pueblo entero.

Aquello inquietó al Emperador, pues barruntaba que el pueblo tenía razón; mas pensó: «Hay que aguantar hasta el fin». Y siguió más altivo que antes; y los ayudantes de cámara continuaron sosteniendo la inexistente cola.

Hans Christian Andersen

El  cuento popular y el cuento literario

Lectura y comentario de dos cuentos: un cuento popular extraído de Cuentos populares españoles, de Jose María Guelbenzu, y un cuento literario de Manuel Pilares:  Ese niño gordo a quien sus padres compraron un balón ( Cuentos de la buena y la mala pipa).

EL ENANO

Había una vez un estudiante que cortejaba a una muchacha muy guapa, pero los padres de la muchacha se oponían a esas relaciones porque el estudiante era pobre.

Así que la vida se les hacía cada vez más difícil a los dos y un día, hablando de sus problemas, la muchacha decidió marcharse de casa a escondidas con el estudiante para casarse en una capilla lejana donde nadie los conocería. Así que se pusieron de acuerdo y, a la noche siguiente y a la hora convenida, la muchacha se asomó a su balcón y vio en la sombra a un joven que tenía un caballo por las riendas. Echó su equipaje por el balcón, diciéndole al joven:

-Toma el equipaje y ayúdame a bajar.

El joven tomó el equipaje y lo cargó en su caballo y luego sujetó la cuerda por la que se descolgaba la muchacha, la acomodó en la grupa, montó él y se marcharon.

La muchacha estaba extrañada del silencio del estudiante, que no le dirigía la palabra, pero no dijo nada. Y cuando asomó la primera luz del día, que aún los cogió cabalgando, vio que su acompañante no era su novio sino un joven desconocido y, al darse cuenta de ello, le dijo:

-¡Por Dios, señor, que no es con usted con quien yo me quería ir! ¡No siga, por favor, y déjeme aquí!

El joven la dejó a la vera del camino con su equipaje. Y estaba ella sola y desconsolada sin saber qué hacer cuando aparecieron unos pastores que se maravillaron al verla, pues les parecía tan bella como una Virgen, y al ver su precariedad se la llevaron con ellos. En el pueblo donde vivían los pastores había un matrimonio sin hijos que aceptó recoger a la muchacha en su casa y la trataron muy bien y con mucho cariño. Ellos no querían que la muchacha se ocupase de las labores del pastoreo, pero ella se empeñó y empezó

a salir todos los días al monte con las demás pastoras del lugar.

Aquel pueblo pertenecía a un reino donde vivía un rey en un magnífico palacio. Sin embargo, los vecinos estaban atemorizados desde hacía tiempo por las cosas que ocurrían en el palacio del rey. Y era que, cada noche, una persona del reino tenía que ir a dormir a la habitación de la princesa. Cada día se elegía a una persona por sorteo y, a la mañana siguiente, esa persona amanecía muerta. Nadie sabía a qué se debía esto y causaba gran consternación e infelicidad en el reino.

Y quiso la suerte que un día fuera designada la madre adoptiva de la muchacha para acudir a palacio a dormir en la habitación de la princesa. Y cuando la muchacha se enteró dijo:

-¡No consiento que nadie de esta casa vaya a palacio a dormir en la alcoba de la princesa, pues iré yo!

Y sin más, se presentó en el palacio el día designado.

El rey, cuando la vio, dijo:

-No puedo permitir que muera una joven tan hermosa. Que vaya a dormir con la princesa la persona a la que designó la suerte.

La muchacha era tozuda y no doblegaba su voluntad fácilmente, de manera que insistió e insistió ante el rey de tal manera y con tanta convicción que, al final, el rey no tuvo más remedio que acceder. Conque la muchacha subió a la alcoba de la princesa y allí se quedó. Cuando avanzaba la noche, le entró un sueño tan profundo que estuvo a punto de quedarse dormida, pero la muchacha era tan voluntariosa que, decidida a no dormirse para averiguar qué era lo que sucedía durante la noche, consiguió vencer el sueño tras grandes esfuerzos.

Y era ya pasada la medianoche cuando, fingiendo dormir, pudo ver que se abría una puerta secreta y entraba por ella un enano que se dirigió a la princesa y le clavó un alfilerón detrás de la oreja. Y la pobre princesa comenzó a gritar:

-¡Ay, Dios mío, que me queman! ¡Ay, que me abrasan!

Al poco pareció calmarse y entonces se dirigió al enano y le dijo:

-Por Dios te pido que no mates a la muchacha que está aquí acostada.

Y el enano le respondió:

-No puedo complacerte, pues tengo que matarla como a las demás.

Y la princesa insistía:

-No la mates, que es una muchacha muy hermosa.

El enano se acercó al lugar donde dormía la muchacha, la observó unos momentos y luego dijo:

-Ciertamente, es muy hermosa, la más hermosa de cuantas han venido a esta alcoba, así que sólo por eso no la mataré hasta el amanecer.

Luego el enano volvió junto a la princesa e hincó un poco más el alfilerón que le había clavado tras la oreja. La princesa pareció perder el sentido y el enano desapareció por la puerta secreta.

Entonces la muchacha, que lo había estado viendo todo, se levantó a indagar qué había detrás de la puerta secreta. Y como el enano la había dejado entornada, la traspasó con mucho sigilo y se encontró con otra habitación. Y allí estaba el enano escribiendo afanosamente en unos papeles que primero llenaba y luego leía en voz alta y echaba en un caldero que tenía puesto al fuego.

Cada vez que echaba un papel al caldero, salían de éste unas llamas azules y se oía gritar a la princesa:

-¡Ay, que me abraso! ¡Ay, que me quemo!

Por fin el enano se cansó de hacer estos embrujos y se echó a dormir en un camastro que tenía junto al caldero. Y al ver esto, la muchacha se acercó con mucho cuidado y cuando estuvo junto al caldero, lo volcó vertiendo su contenido sobre el enano, que se abrasó y murió allí mismo.

En seguida, la muchacha corrió al lado de la princesa. La princesa despertó como si viniera de un sueño profundo y sanó inmediatamente.

A la hora en que todas las mañanas recogían el cadáver de la persona que había dormido con la princesa, los criados entraron y encontraron a la muchacha sana y salva junto a la princesa y corrieron a avisar al rey.

El rey, una vez que hubo escuchado el relato de lo sucedido de boca de la muchacha, mandó pregonar por todo el reino su hazaña. Y, corriendo de aquí para allá, llegó la noticia a oídos del estudiante, que andaba desesperado buscando a la muchacha. Y en cuanto fue a verla, la muchacha le recibió alegremente y se casaron y aquí terminó su aventura.

El Enano (Cuentos populares españoles de Jose María Guelbenzu)



ESE NIÑO GORDO A QUIEN SUS PADRES COMPRARON UN BALÓN

Ese niño gordo a quien sus padres compraron un balón es el único niño aburrido que hay en el grupo. Sus amigos se han dividido en dos bandos, han puesto las chaquetas en montones para señalar las porterías y se han liado a dar patadas al balón.
Ese niño gordo no tiene otra misión que la de vigilar las chaquetas. No puede distraerse con las incidencias del partido; no puede merendar mientras los demás juegan; ni siquiera puede aplaudir una jugada. Si aplaude, o protesta una jugada, los que van perdiendo le zumbarían. Y si les dice: “¡El balón es mío!”, le pegarían también los que van ganando.
Ese niño sabe que aun en el caso de que no le pegasen, jamás podrá decir: “¡El balón es mío!” Sus amigos le volverían la espalda, y él se quedaría solo, con el balón bajo el brazo, sintiendo un peso tremendo en el estómago, como si el aire del balón se hubiera convertido en plomo, como si encima de la barriguita le hubiera crecido otra.
Los niños gordos a quienes sus padres compran balones son niños condenados a sonreír beatíficamente y a callar.
—Ve a casa y tráete el balón.
—Lárgate con el balón y déjanos en paz.
—¡Pues guárdate el balón donde las gallinas guardan el huevo!
Yo he visto a un niño gordo acercarse al Viaducto. Miraba receloso, como si quisiera cerciorarse de que nadie le seguía. Cuando vi que llevaba un balón sospeché en un posible intento de suicidio. Me acerqué corriendo. El niño me miró ruborizado.
—Voy a tirar el balón —me dijo con voz grave y dulce—. Estoy de balón hasta aquí.
—¿Es que no te gusta jugar al balón?
—Sí. Me gusta. Pero no me gusta jugar solo.
—¿Y por qué no juegas con tus amiguitos?
—No quieren.
El niño desató la correa del balón y lo desinfló.
—¿Para qué lo desinflas?
—No quiero que baje vivo; no quiero que vuelva de un bote otra vez a mí; no quiero.
El niño tiró el balón como quien tira una alpargata. El balón hizo «¡plaf!» allá abajo, pero el niño no tuvo pena, porque le había desinflado para que bajase muerto, y así, no sintiera el golpe.
—Tenía que deshacerme de él.
—Comprendo.
—No. No comprende usted. Yo estaba dispuesto a no jugar en mi vida al balón. Pero mis amigos no consentían que me quitase la chaqueta ni para vigilar las suyas. Decían que me la quitaba para que la gente creyese que estaba jugando. Decían que…
El niño rompió a llorar. Nos rodearon unos transeúntes.
—¿Qué le pasa a ese niño?
Yo contesté:
—El balón.
Y para no mentir, señalé a la calle de abajo, como dando a entender que se le había perdido en ella.
Los transeúntes comentaron a coro:
—No llores, niño. Tu papá te comprará otro balón. No llores, niño. Tu papá te comprará otro balón…
El niño lloraba inconsolable.
—¡No llores, niño! ¡Tú papá te comprará otro balón!
Bañados de lágrimas, rodeados de lágrimas, los ojos del niño me miraban espantados. Estuve por decirle: «Vamos, tranquilízate; a lo mejor tu papá no te lo compra.» Pero el grupo de transeúntes había aumentado de manera peligrosa. Y un señor de aire arrogante y decidido, proponía en voz alta:
—¡Compremos inmediatamente un balón para este niño! ¡Pongo cinco duros! ¡A ver! ¡Comprémosle entre todos un balón
!

Manuel Pilares, Cuentos de la buena y la mala pipa

Una respuesta to “Textos leídos y comentados en el aula (3ºESO)”

  1. javier medina said

    os echo muxo demenos un abraso para todos os echo demenos i el kuento es un rollo

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